català english

CLAROSCUROS ENCENDIDOS

Isidre Manils (Sabadell, 1948) vuelve con obra nueva después de la espléndida exposición doble del 2008, Cine Ateneo: La Seqüència, al Museo Abelló, de Mollet del Vallès, i La visió, al Museo de Arte de Sabadell, a cargo del crítico de arte Jesús Martínez Clarà, que hizo una selección de obras con las cuales, a través de un original planteamiento expositivo, todos podian seguir el hilo de una poética pictórica de dieciocho años con una trayectoria impecable.

De esta retrospectiva, se editó un catálogo excelente, que recoge gran parte de la obra expuesta, con una entrevista y un buen abanico de textos que nos introducen en los fundamentos del peculiar trabajo pictórico de este artista de mirada cinéfila. Dice Manils, en la conversación con Clarà: "En el cine aprendí qué pintar, pero no en el sentido literal, de temas, si no más profundo; el 'qué' seria el tema principal de mi pintura, el 'cómo' es lo que me ha dado más guerra (...)".

Y este "cómo" ha hecho de este artista un corredor de fondo de la pintura, para quién el arte de pintar es la esencia de su lenguaje, como una gramática estricta que lo estructura todo hasta interpelar lo inefable. Con las herramientas de pintor, Isidre Manils elabora su sintaxi, donde todo es subjetividad por la técnica y donde el pensamiento predica el azar, que se activa con el verbo componer. Resultando una locución pictórica, una composición donde el sujeto verbaliza, con una fidedigna precisión cualquier elemento representado, generando así contrastes entre volúmenes iluminados y otros oscurecidos.

Ahora Manils, bajo el título de Palimpsest, expone sus últimas pinturas, fruto de todo un año de trabajo laborioso, constante y riguroso. Son cuatro únicas obras, una de las cuales es un gran mural hecho de un centenar de pequeños formatos en papel, cada uno de los cuales tiene vida propia y se puede independizar del resto.

En la elaboración de estas obras, Manils ha continuado ejerciendo su idiosincrático trabajo de recolección de imágenes de todo tipo, del cine, de la televisión y, en esta ocasión, de revistas. Él las ordena, meticulosamente, siguiendo los registros que le interesan, las somete al azar del corte de la guillotina y, a las telas y papeles con los que trabaja, incorporando los recortes de imágenes diversas (cabellos, cuerpos, collares, objetos brillantes, cortinas de vellut rojo, etc...) y las integra al negro y, con gomas y pinceles, los hará resurgir a la luz, bien manilsianamente, dejando así aparecer el substrato iconográfico y cromático que caracteriza su obra.

Se trata de unas pinturas que el artista ha situado en una sala oscura, como el cine. Son fondos negros donde la luz se rebela beligerante al rebentar la oscuridad con el fin de configurar la imagen. En estos claroscuros manilsianos, la luz conceptual emana por los agujeros del negro, diáfana y envolvente, a veces direccional como la luz de un proyector de cine, y a veces como fuegos incandescentes surgidos de la oscuridad, conferiendole colores, matices y volúmenes, y acentuando de esta manera el potencial del negro, magma de donde todo puede aparecer. Dice Manils: "Yo cada vez disfruto más yendo a encontrar la imagen que se esconde en la tela. Me gusta esta reflexión que se suele hacer sobre la escultura: que el mármol ya contiene la imagen y que hace falta ir a sacarla, a buscarla, a liberarla".

Ester Xargay, Revista Benzina nº55 (2011)

.

LACA EN LAS UÑAS O LA OCULTACIÓN DE LA PINTURA

Ocultaciones y encuentros

La naturaleza gusta de esconderse y las ciencias que la estudian tienen algo de profanación. Me pongo ante las últimas obras de Isidre Manils con la incomodidad del que a través de su capacidad especulatoria se atreve a asomarse a un universo blindado. El cripticismo de su obra es fuerte y él mismo evita dar demasiadas explicaciones. Es imposible saber el significado cierto de estas obras aunque a veces, cuando alguien dice que las cosas escapan a nuestra comprensión quiere decir, sencillamente, lo contrario y es que sabiéndolas profundamente no alcanzamos a comunicarlas, a ponerlas en palabras. Este es un sentimiento común que culmina con un noble silencio. De todos modos, he encontrado en el Doctor Faustus de Thomas Mann el mejor consejo para superar esta dificultad inicial y ser justo con el espíritu de la interpretación que me mueve a escribir estas líneas. Mann nos explica que el padre Leverkuhn quería inculcar en los jóvenes adolescentes el misterio de la naturaleza y quería que se contemplase con recogido fervor, con el fervor misterioso con que él mismo consideraba la escritura indescifrable en las conchas de ciertos moluscos, por medio de su gran lupa cuadrada.

En una época, anterior a la que comento, Manils trató fragmentos y anécdotas de inspiración cinematográfica con el mismo rigor de pastor luterano que Baudelaire empleaba para tratar temas insignificantes como el vino, el hachís o el maquillaje. De este momento, recuerdo dos obras de pequeño formato en las que unas uñas largas y rojas y otras negras y afiladas punzaban cuerpos. Dos obras que hace unos años, en pleno apogeo postmoderno, se hubieran visto como una exhortación al ornamento superfluo, a la noche o simplemente como elogio de la apariencia. Creo que pintarse las uñas es una acción sobre el propio cuerpo que tiene la misma fuerza que el tatuaje, o que atravesarse la carne con acero clínico para hacerse un "piercing". Estas dos obras me indican dos caminos: uno, sobre el procedimiento pictórico, pues la laca aspira a conseguir una superficie brillante y lisa en la que el pincel no debe dejar ningún rastro de su intervención y otro sobre la ocultación de una parte del cuerpo. Isidre ha comentado que uno de sus objetivos es la ocultación de la pintura. La perfección en el procedimiento pictórico le permite conseguir un logro que explica con entusiasmo: la desaparición de la pincelada, quitar pintura hasta que no se note lo que es, hasta que desaparezca. Parece que su pintura intenta conseguir la superficie acristalada de un televisor o un fotograma, unas superficies sin textura alguna, una sensación tecnológica que incluso ha llegado a engañar el ojo experto de algún fotógrafo. Veo en la obra reciente de Isidre Manils un paso más hacia la ocultación y la coherencia hermética que empezó a ejercer en su anterior exposición, en la que fue preparando la escena del misterio, el espacio del encuentro, en obras como "Es muy difícil llegar a nadie" y otras, en las que un reloj invisible iba marcando los dígitos para el momento de un encuentro o de una destrucción, en una de ellas el escenario estaba rodeado de unas cortina-llamas. Las luces que en ellos se veían, podían ser tanto las propias de los mitos fundacionales del Cosmos y del inicio del orden como las febriles luces tóxicas del Apocalipsis. La grandeza de la complejidad simbólica es su ambitendencia, la posibilidad de recorrer dos caminos distintos, a veces enfrentados pero ambos necesarios, como un nudo que nos protege y al mismo tiempo nos ata y obliga, o como la misma naturaleza del bien y del mal. Ahora quiere mostrarnos escenas de la tercera fase de un encuentro o de una desaparición. Como si en ese proceso de acercamiento a lo desconocido: lo que debía llegar, ya estuviera aquí.

Sobre la llama y su extinción

En el tríptico del año 1999, "Tú", vemos unos pies que atraviesan un círculo de fuego, de agua, de hielo. Este trayecto que lleva de la llama al hielo y al mineral está en esta exposición. La llama, muy difícil de fotografiar, ha sido magistralmente pintada por Isidre en cuadros imposibles. El fuego y su luz se presentan con la fuerza de los demiurgos orientales capaces de crear y destruir a la vez. Fudo Myoo en Japón o lo que es lo mismo: Alcala Vidyaraja en India tienen como letra sagrada KAN, el título de unos de los mejores cuadros de Isidre; desde mi punto de vista, remarco esta obviedad, porque no es algo que he comentado con él, representa el inamovible uno que es encarnación y mensajero de una deidad superior, su sílaba sagrada está grabada en las espaldas de los guerreros y les ayuda a combatir a los enemigos. Su terrible apariencia y su belleza se deben a que está rodeado de llamas y tiene la virtud de prepararnos para el final de los últimos días milenarios. En algún sitio he leído que la palabra "Nirvana" significa literalmente: extinción de la llama. Este anhelo por conseguir el logro espiritual más sublime forma parte de nuestra tradición helenística de ir más allá de la apariencia superficial, estar por encima y alejados de lo que nos rodea con serenidad, impasibilidad y conciencia. Lo que haría de nosotros seres afables, con los sentidos serenos, alcanzando la más alta cota de calma total y sin pérdida de atenta conciencia. Un lago helado, sereno y limpio en el que el agua se encuentra oculta.

Densidad y rarefacción

En mi recorrido por la línea del sentido, seguramente equivocado, me he planteado la obra reciente de Isidre Manils, como una muestra más de desaparición. Una visión directa podría entenderlo al contrario y ver esas figuras como emergentes, es decir del hacia nosotros y no al revés. Unos humanoides con rostro anónimo, parecen pintados con sus propias cenizas, con restos de la extinción, como vapores antropomórficos, adquieren densidad ante nuestros ojos, el fondo deliberadamente tenue, no alude a ningún mundo concreto, no sabemos su raza, ni su sexo, no reflejan la luz del Sol ni de la Luna, no sabemos bien si entran o salen del espacio vacío, no parecen activos, pero tampoco indolentes, parece que ya hayan vivido o que empiecen a vivir.

El aire que respiramos es un elemento sutil que circula por el cuerpo y nos recuerda que estamos vivos al notarlo sobre el rostro. Cuando en un lugar cerrado empieza a faltar oxígeno, decimos que el aire se enrarece, y no es que se ensucie sino que desaparece, se hace más escaso, y difícil de conseguir: se hace raro. La rarefacció es la dilatación de un cuerpo gaseoso haciéndolo más denso. Me imagino una figura ante el espejo, desnuda, en la bañera el agua caliente empieza a correr, el vapor impregna el espejo, la imagen desaparece, su corporiedad ha sido vencidad por una ligerísima película de vaho.

Parece ser que había una antigua costumbre romana que consistía en cuando moría alguien, el pariente más próximo se inclinaba sobre él para inhalar el último aliento del difunto: ..."et excipiens hanc animan ore pio", y que en el Tirol creen que a la hora de la muerte el alma de un hombre honrado sale por la boca en forma de nubecilla blanca. Sea una sombra, un vapor, una nube, el vaho o una imagen pintada por Isidre Manils, la única huella posible de la realidad física es la evanescencia, la desaparición como el humo en el cielo. Estos cuerpos celestes, cuerpos de pura luz, tienen la luz que se dice poseen todos los seres y que nos asemejan al arco iris.

Jesús Martínez-Clarà. Barcelona. Enero del año 2001

.